“La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27)

La vida de un cristiano verdadero no es contemplativa, es activa en el Amor y el servicio a los demás, como la de su Maestro.

Hace tiempo vi en televisión a un párroco que había sido atacado por un grupo de jóvenes. El hombre decía que, aparte de haberle robado la cartera, no se habían portado mal con él. Incluso relataba divertido, que uno de los chicos, al atarle a la silla donde le encontró la policía, le había dado un beso en la cabeza y le había dicho que él también era cristiano. Me quedé atónita. ¿Cómo alguien puede decir que es cristiano y estar robando y atando a una persona al mismo tiempo? Eso me hizo darme cuenta de cuán delgada es la línea entre el cristianismo verdadero y el nominal.

Un cristiano verdadero tiene una relación real, intensa y profunda con Dios. Se alimenta de Él cada día, se relaciona con Él cada instante de su vida. Trata de imitar a Jesús en todo y lucha de Su mano con la naturaleza egoísta y pervertida que ha heredado. Esa relación no se queda en algo místico, ni puede quedar en algo íntimo. Esa relación se nota en todo lo que hace o dice, le lleva a comportarse de forma diferente; le lleva a Amar a los otros, a respetarlos, a ayudarlos… La verdadera religión no es una teoría, no es una filiación religiosa, no es una denominación… es Vida, es acción, es práctica. Esa es la meta que todos debemos alcanzar: reflejar en todo el carácter, y por tanto las obras, de Cristo con Su ayuda.

La verdadera religión es conocer y amar a Dios (1 Juan 4:8), y amarnos y amar a los demás como Jesús Ama (Juan 13:34), y ese Amar con mayúscula solamente podemos ofrecerlo cuando somos transformados por el Espíritu Santo a través de la oración y el estudio diario de la Biblia, especialmente de la vida y el carácter de Cristo. De todo ello brota de forma natural el cambio y reflejamos al Maestro Amando y ayudando con humildad a los demás. La fe sin obras está muerta (Santiago 2:14-19; 26), pero al revés también (Isaías 64:6). Son las dos caras de la misma moneda: la relación personal con Jesús que nos transforma a Su imagen.

Un cristiano que se denomina a sí mismo como tal y cuyos actos, o motivos, son contrarios a los de Jesús, es mentiroso (1 Juan 2:4; 1 Juan 1:8). El cristiano real no es perfecto, pero no se conforma, lucha en el camino de la transformación de su carácter de la mano de Dios. Vive para reflejar en todo a Jesús y Sus obras; el Espíritu Santo le capacita para servir, y camina siempre, hacia delante y hacia arriba, aferrado a Él.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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