Y tú, vuelve a tu Dios, practica la misericordia y la justicia, y espera siempre en tu Dios. (Oseas 12:6)

Culpar a otros siempre es más fácil que culparte a ti mismo, pero en cualquier caso, la culpa nunca es saludable. Es como una enfermedad que te carcome por dentro.

El reconocimiento del error cometido tiene su espacio y su sentido en el momento en el que te das cuenta de que has hecho algo incorrecto. En esos instantes la culpa puede surgir involuntariamente como una herramienta que te ayuda a arrepentirte y desear cambiar de camino. Más allá de esos breves instantes, es nociva y absurda.

Culparte a ti mismo es una costumbre insana. Culpar a otros, una fea manía. Ambas opciones te impiden crecer y avanzar en la vida.

A menudo culpas a otros de lo que tú haces mal, o de lo que tú has originado en realidad. Te encanta la silla de juez, pero no es tu lugar. El único que tiene la potestad de juzgar es Dios. Tú puedes ayudar a los demás con cariño y humildad, sabiendo que, tal vez, mañana se invertirán las tornas y tu podrías ser el encausado.

No te culpes. Es tiempo perdido, y el tiempo es breve y debes utilizarlo sabiamente. Úsalo para cambiar, para corregir tus errores, no para sufrir constantemente por ellos ¿Qué ganas haciéndote daño? Decídete a cambiar. Deja los lamentos atrás. Lo que realmente importa no son las palabras, sino los hechos. Si realmente estás arrepentido, cambia de actitud. Deja que sea ella quien hable.

Todos cometemos errores. No te regodees en ellos, no te enlodes en la sucia charca de barro de las equivocaciones. Sal de ella lo antes posible y decide no volver a caer, con la ayuda de Dios.

No te quejes. La queja no sirve para nada. Cuando te quejas te hundes en el pozo de la autocompasión ¡Sal de ahí! Sé valiente y levántate. Permite que tu Padre cure tus heridas lo antes posible y ¡sigue luchando!; no permanezcas lamiéndotelas demasiado tiempo o se infectarán. Mejor deja que tu Salvador te las lave.

Vivir aquí implica caer y aprender a levantarse. Ese aprendizaje es duro y te llevará toda la vida darte cuenta de cuán importante es ponerse y mantenerse de pie, y que tú solo no lo puedes hacerlo, que necesitas tomar la mano de tu Padre, porque en cuanto la sueltas vuelves a caer.

No alimentes tus sentimientos o pensamientos negativos o te devorarán. Alimenta los positivos y saldrás victorioso.

No siempre puedes cambiar las circunstancias, pero sí cómo reaccionas ante ellas. Tu eres el único dueño de tus pensamientos, origen de tus acciones, y al final comprenderás que la actitud lo es casi todo. Por eso vive de la mano de Dios. Cometerás menos errores de los que arrepentirte.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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