“Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

Luis y Jorge eran dos traviesos hermanos de 8 y 5 años, que siempre andaban de aquí para allá haciendo de las suyas. Su madre les había dicho muchas veces que no podían nadar solos en la piscina de su casa.

Sin embargo, un caluroso día de verano, Luis y Jorge salieron a jugar al jardín y jugando, jugando, Luis empujó a Jorge a la piscina. Sin manguitos, lejos de la orilla, Jorge comenzó a chapotear angustiado. Luis desesperado, no sabía que hacer. Gritaba, pero nadie parecía oírle. El castigo, en aquel momento no le importaba, pero si iba a avisar a su madre, igual llegaban tarde. Si se tiraba a por él no estaba seguro de saber volver. No sabía nadar y le daba mucho miedo el agua. Jorge comenzó a dejar de chapotear y empezó a hundirse.

El pánico de perder a su hermano fue tan grande, que Luis, tras pedirle a Dios que le ayudara, y gritar lo más fuerte posible, dejó su miedo a un lado, agarró por instinto la pelota de plástico con la que jugaban y se lanzó a la piscina. Afortunadamente la pelota le mantuvo a flote y pudo llegar hasta Jorge, quien también se aferró a ella. Juntos gritaron más fuerte, y esta vez sus padres si les oyeron y salieron en su ayuda.

Por supuesto el castigo fue monumental. Sin embargo, a Luis le daba igual. Estaba feliz de haber salvado la vida de su hermano, aún a riesgo de la suya. Aunque gracias a Dios la historia tuvo un final feliz, Luis podía haber muerto por salvar a Jorge.

Esto me recuerda el sacrificio que Jesús hizo por ti. No pensó en sí mismo, pensó en salvarte. Sabía que si no se lanzaba a este mundo a buscarte ibas a morir. Sin embargo Él sí entregó Su vida a cambio de la tuya. Murió para que tu puedas vivir, porque te Ama. No murió la muerte que todos han experimentado en esta vida y a la que la Biblia llama “sueño” (1º Tesalonicenses 4:13), murió la segunda muerte, la definitiva, la consecuencia última del pecado y la separación de Dios, para que tu destrucción o tu Vida sean elección tuya, no de algo que hicieron otros.

Muy pronto volverá como ha prometido (Hechos 1:11; Apocalipsis 1:7; 22:20), y si has decidido dejarte salvar y desde ahora vivir con Él y dejarte transformar por el Espíritu Santo, puedes estar seguro de que aunque murió, resucitó y ahora está en el Santuario Celestial, como indica el libro de Hebreos, hasta que sea la hora (Mateo 24:36). No tardará. Vendrá a buscarte para que vivas con Él para siempre. Si aceptas el sacrificio de Jesús por ti, y te aferras a Él, te salvará.

¿Con Dios o sin Él? ¿Vida o muerte? La decisión es tuya.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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