Porque no envió Dios a su Hijo al mundo, para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17)

Mientras los bomberos hacían todo lo posible para apagar el fuego, en la ventana de la mansión, unas manitas se agitaron pidiendo socorro. Era el hijo de la dueña de la casa. Único superviviente del terrible incendio.

Los bomberos comenzaron a estudiar la mejor forma de subir a por él, ya que el acceso estaba muy difícil. No se podía entrar por dentro de la casa; el camión con la escalera estaba al otro lado de la misma y el tubo del desagüe que llegaba hasta cerca de la ventana estaba al rojo vivo.

Pero antes de que pudieran decidir nada, uno de los bomberos comenzó a escalar por el tubo y no descansó hasta que estuvo arriba, puso al niño en su espalda agarrado a su cuello y descendió con él, justo antes de que una lengua de fuego saliera por la ventana.

Aquel valeroso bombero no se detuvo hasta que puso al niño en el suelo. Solo entonces, permitió que le curasen las heridas. A pesar de sus protecciones, aquel valiente bombero se había quemado las manos por las altas temperaturas.

El niño no tenía más familia. Solamente algunos parientes muy lejanos, a los que ni siquiera conocía, que interesados por su dinero, estaban dispuestos a adoptarlo. Pero el pequeño no quería irse con ellos.

El bombero se conmovió y él y su esposa salvaron al pequeño por segunda vez, cuando el juez les otorgó su custodia.

Las manos quemadas del que se convirtió en su padre guiaron la vida de aquel pequeño, y cuando, muchos años más tarde, su padre falleció, aquel niño, hecho hombre, dijo en el funeral que nadie podía haber tenido un padre mejor. No solamente le salvó la vida, sino que le dio un hogar, una educación y todo su amor. Mi padre me salvó la vida dos veces -dijo prorrumpiendo en un llanto incontenible. ¿Cuantos hijos pueden decir lo mismo?

Aquel joven nunca olvidó las manos quemadas de su padre. Su vida era valiosa, porque costó las manos de su padre. Por eso la vivió de tal modo, que él hubiera estado orgulloso.

Tu también has sido salvado dos veces. La primera cuando Jesús dio su vida por ti en la cruz, ofreciéndote la Vida Eterna, y la segunda cuando te rescató de tu vida vacía y sin sentido y te ofreció una vida nueva aquí y ahora.

Cuando te sientas tentado a alejarte del Señor, piensa en las manos de Jesús atravesadas por los clavos de la cruz. Tanto Amor no puede ser ignorado.

¿Cómo podrás agradecer al Maestro lo que ha hecho por ti? Lo único que él te pide que seas su hijo, que obedezcas sus mandamientos y que ames a los demás con el amor con el que él te ama. Tomado de su mano podrás hacerlo si así lo decides.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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