“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Isaías 55:6).

Andrea era una joven inteligente y vivaz que, en un momento de debilidad, copió a una compañera durante un examen. Al principio se sintió mal por lo que había hecho, pero al terminar la prueba decidió olvidar lo que sentía. No quería suspender.

Al día siguiente la profesora le preguntó, directamente, si había copiado. Andrea, asustada, respondió que no. Pensaba que su mejor defensa era negarlo. Al fin y al cabo la docente no podía probar lo contrario.

Aquella noche Andrea no pudo dormir. Estaba nerviosa y se revolvía en la cama. Mintiendo salvaría su nota y su imagen. Si decía la verdad perdería ambas cosas. Sin embargo, en el fondo de su corazón, sabía que aquello estaba mal.

Finalmente, por la mañana, Ana habló del asunto con su madre, quien le recomendó que dijera la verdad. Le explicó que si no lo hacía, tal vez volviera a repetirlo, y con el tiempo correría el riesgo de que esa vocecita interior dejara de sonar. Le dijo que esa sensación incómoda era la voz de Dios ayudándola a diferenciar entre lo que estaba bien y lo que estaba mal y le habló del peligro de desoírla: llegaría el momento en el que no podría encontrar la diferencia. La terrible consecuencia era el tipo de persona en la que se convertiría.

Le dijo además que esa voz se fortalecería a través de la oración y el estudio de la Biblia, solicitando la guía del Espíritu Santo. Solamente así evitaría confundir la voz de Dios con la del enemigo o la suya propia.

Andrea pensó que lo que realmente quería en la vida, más allá de una profesión o un alto estatus social, era ser como su madre: una persona honesta, valorada por su integridad, que se diferenciaba de millones de personas por ese valioso rasgo de carácter. De modo que tomó la decisión: Le diría a la profesora lo que había hecho y pediría perdón, aunque suspendiera y aunque su imagen quedara dañada.

La joven jamás olvidó aquel incidente. Durante el resto de su vida trató de no dejar de escuchar la voz de Dios. Y si alguna vez lo hizo, pidió perdón y se volvió a colocar, inmediatamente, del lado de la Verdad, que es Jesús.

La vida de Andrea fue como la de cualquier otra persona, tuvo alegrías y penas, dificultades y logros, cayó y se levantó, pero fue una vida íntegra, y en su funeral se la recordó como una mujer honesta que siempre vivió marcando la diferencia.

¿Y tu? ¿Conoces la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal? ¿Haces caso a tu conciencia o la has cauterizado? ¿Qué tipo de persona quieres ser?

Recuerda: El problema con la voz de Dios es que si la ignoras, dejarás de escucharla. Y hacer las cosas bien o hacerlas mal tiene consecuencias que más tarde o más temprano tendrás que afrontar.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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