“… y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).

La cama del hospital en la que yacía Laura de 13 años estaba, como siempre, sembrada de flores y fotografías de patinadores famosos. Su madre y la enfermera jefe trataban de hacer que sus últimos días fueran lo más felices posible, y le permitieron acondicionarla a su gusto. Laura tenía un tumor inoperable que no paraba de crecer, y que la había apartado, hacía seis meses, de realizar su sueño: convertirse en patinadora profesional.

Cuando se enteró de su enfermedad y supo que no podría volver a patinar, la apatía se adueñó de ella. Sabía que nunca podría conseguir realizar su sueño.

Una soleada mañana Laura tomó a su madre de la mano y le dijo que antes de pasar al descanso, le hubiera gustado poder patinar por última vez.

La madre pensó hacer algo un tanto arriesgado. Ideó un plan para prepararle una sorpresa a Laura. Durante dos días oró para que el Señor le diera fuerzas y tocara los corazones de las personas que podían ayudarla, y entonces habló con el Palacio de hielo de la capital y con los más destacados patinadores. Enternecidos, entre todos, prepararon un espectáculo especial para la niña.

Cuando llegó el gran día, la madre de Laura la vistió, la abrigó bien, y se dirigió con ella rumbo al Palacio de hielo.

Cuando llegaron, el lugar estaba totalmente vacío. Laura no entendía nada… hasta que de pronto, las luces se encendieron, la música comenzó a sonar y Laura pudo contemplar el espectáculo, entre lágrimas de felicidad.

La madre tomaba su mano mientras compartía aquel llanto feliz, pero sabiendo que Laura nunca podría cumplir su sueño. Hacía mucho frío, pero ninguna lo sentía. Les ardía el corazón.

Cuando el espectáculo terminó, los patinadores quisieron saludar a la niña. Todo fue cariño y simpatía.

De vuelta al hospital, abrazada a su madre, Laura reconoció que aquellos patinadores le habían dado el día más feliz de su vida. Juntas agradecieron al Señor aquella oportunidad y la niña se durmió para no despertar más.

A la madre le quedó el consuelo de haberle dado unos últimos momentos de felicidad a su hija, hasta que volviera a verla. Al fin y al cabo, aquello no era un “adiós”, era un “hasta pronto”.

Por su parte Laura había impactado la vida de aquellos patinadores, que sintieron en su corazón el calor del amor al prójimo. Aquella experiencia les dio una nueva dimensión como seres humanos.

Tal vez no tengas la posibilidad de hacer algo tan hermoso por otra persona como lo que hizo aquel grupo de patinadores por Laura, pero desde luego, cada día te brinda la oportunidad de hacer algo bueno por los demás. Aprovéchala y tú serás el primer beneficiado.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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