“Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”. (1 Corintios 10:11-12)

Muchas veces no sé que tengo la cara manchada de chocolate hasta que me miro en el espejo. El mejor espejo que conozco no es un trozo de metal pulido, ni un estanque de aguas cristalinas, ni un trozo de mineral tratado. El mejor espejo es Cristo. Porque las manchas que más me preocupan de mí misma, son las que no se ven. Me encantaría ser capaz de reflejar a Jesús. Su personalidad, su dulzura, su cariño por las personas, su paciencia, la ausencia de crítica de su boca, el Amor de su mirada, su respeto, la calidez de sus palabras, su sabiduría, su altruismo, su bondad, su preocupación genuina por los demás, su honestidad, su dominio propio…. Al mirar su perfección veo cuán manchada estoy por dentro.

Mientras no me comparaba con Jesús, me parecía que todo en mi vida estaba bien. Creía que era una buena persona, que tal vez había alguna cosilla que mejorar, pero me sentía satisfecha con quien era… Sin embargo, ahora, cuanto más estudio la vida del Maestro, más cuenta me doy de lo equivocada que estaba. Tengo muchísimas cosas que cambiar y otras tantas que mejorar, pero no soy capaz de hacerlo sola. Necesito la ayuda del Salvador.

Mi autoestima es imperfecta. Jesús me pide que aprenda a Amarme a mí misma y que Ame a los demás, pero necesito empaparme del Amor de Dios primero. Vivir con Jesús cada día es, para mi, una necesidad. No solamente me salvó cuando murió en la cruz pagando con su vida el precio de la traición de la humanidad, ¡me salva de mí misma cada día!

El enemigo trata siempre de hacerme pensar que no necesito de Cristo, que soy autosuficiente, que soy buena… Avergonzada reconozco que a veces lo consigue. Pero cuando me lo creo reconozco que es el momento perfecto para hacer un alto, detenerme y compararme con Jesús. Entonces me doy cuenta de que una vez más, lentamente, imperceptiblemente, pero inexorablemente, he vuelto a separarme de Él, aunque parecía todo lo contrario. Entonces Él limpia todo mi interior de telarañas de orgullo, de pelusillas de suficiencia propia, de polvo de crítica y de toda la suciedad que me daña y me hace dañar a otros. La sensación de sentirme limpia de nuevo es maravillosa. Siento una calidez y una paz interior que no se pueden comparar con nada. Me aferro nuevamente de la mano de mi Dios…. hasta que poco a poco, sin darme cuenta, con el paso del tiempo, la vida tira de mi hacia el otro lado y me vuelvo a manchar.

Como ya me ha pasado muchas veces conozco el proceso y por eso, a través de la oración y el estudio de su vida, siempre llevo conmigo a Jesús, mi espejo.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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