Alma mía, en Dios solamente reposa; porque de él es mi esperanza” (Salmos 62:5).

La palabra estrés era en su origen un término de ingeniería usado para referirse a la cantidad de fuerza que un soporte podía sostener bajo presión sin romperse. Hoy en día esa palabra es más común de lo que nos gustaría, y el significado sigue siendo el mismo: la presión que eres capaz de soportar sin romperte.

La rotura, cuando el estrés al que estás sometido excede tu capacidad para soportarlo, no suele verse. Es interna y se traduce en enfermedades “psicosomáticas” que afectan a tu sistema nervioso y físicamente a la parte más sensible de tu organismo.

A veces la presión viene de fuera, pero otras veces, (la mayoría) eres tu mismo quien fuerza al límite la máquina. Nadie te persigue. Es tu sentido de la “responsabilidad” el que te mueve a ese comportamiento casi obsesivo.

Dios no quiere eso. Ni siquiera cuando el estrés lo producen proyectos o actividades dedicadas a buenas causas o a Él. El Creador no desea que te autolesiones y que hagas daño a los que nos rodean con esa actitud enfermiza.

El remedio contra el estrés es la temperancia, la moderación, el equilibrio. Todo, hasta lo mejor, es malo en exceso.

Necesitas ser temperante en tu forma de vivir. Temperante al comer, al dormir, al trabajar… Dios es Señor del orden y equilibrio, y tu estás llamado a reflejar Su carácter.

Si tu salud o tus seres queridos te dan un toque de atención respecto a tu estrés, debes bajar la intensidad con la que vives las cosas. Para un momento y respira hondo. Toma unos minutos para relajarte. Levántate y camina. Deja lo que estás haciendo de forma compulsiva y eleva una oración. Pide a Dios que te de paz.

Algunos consejos para combatir el estrés:

  • Confía en Dios, y no permitas que nada descoloque tu tiempo de oración y estudio de la Biblia diario.
  • Busca tiempo para ti, para tu pareja, tu familia, tus amigos…
  • Toma unos minutos cada hora, o dos horas como mucho, para respirar profundamente y parar tu frenética actividad.
  • Conoce tus límites. Planifica, organiza, clasifica… Busca herramientas que mejoren tu productividad y no te exijas más de lo que puedes dar.
  • Divide el día en partes (tiempo con Dios, trabajo, familia, tiempo para ti, formación, tiempo con amigos, etc…) y determina una duración apropiada para cada una. No permitas invadan el espacio unas de otras.
  • Aprende que lo importante no es siempre lo urgente, ni lo urgente es siempre importante.
  • Haz ejercicio físico diariamente. Al menos media hora.
  • Come adecuadamente y lo más sano posible.
  • Busca momentos y actividades que te relajen.

Aprende a descansar de la mano de Dios. Lo necesitas para ser feliz y para hacer felices a los demás.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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