El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1 Juan 4:8 BLP)

Amanda había ejercido la prostitución desde muy jovencita. Nacida en una familia desestructurada, encontró consuelo en las drogas, pero como éstas eran muy caras comenzó robando, y cuando no pudo seguir haciéndolo, se dedicó a vender lo único que realmente era suyo.

Un día desesperada, oró a Jesús y le pidió ayuda. Su Amor la salvó. Dos semanas más tarde Irene llamó a su puerta para venderle unos libros. Conversaron, compró una Biblia y quedaron para estudiarla juntas.

Al poco tiempo, un sábado, Amanda decidió ir a la Iglesia para pasar ese día santo (Éxodo 20:8) alabándole en compañía.

El corazón le saltaba en el pecho mientras caminaba hacia la Iglesia. Se había vestido con la ropa más recatada y más bonita que tenía, se había pintado menos de lo habitual (sin maquillaje se sentía desnuda) y se había colocado sus mejores joyas para ir a la fiesta de encuentro con Dios. ¡Se sentía tan feliz!

Sin embargo la alegría duró poco. Al abrir la puerta, los cristianos nominales la miraron de arriba abajo y cuchicheaban por su aspecto. La saludaron amables, pero distantes. Algunos incluso le dieron la mano. Pero si algo sabía Amanda era de miradas. Aquellas no eran limpias aunque quisieran aparentarlo.

Buscó a Jesús en aquellas personas, pero no lo encontró por ninguna parte. No había aceptación real en ellos. Era un teatro.

Humillada, Amanda buscó la salida para marcharse, pero antes de que lo hiciera, una mano tomó la suya. Era Irene. Su mirada era limpia y su sonrisa sincera. Aquel día se sentaron juntas.

Lentamente, durante unos cuantos meses, a través del estudio de la Biblia y la oración, el Espíritu Santo fue cambiando muchas cosas en su interior que se reflejaron poco a poco en su exterior y acabó siendo aceptada como una igual por toda la comunidad, aunque siempre quedaron algunos reacios que no olvidaron nunca que había sido prostituta. Lamentable.

Necesitamos aprender a tener Amor verdadero con los demás, paciencia y respeto. Todas las personas necesitan aceptación, cariño y humildad por nuestra parte. No somos mejores que nadie. La Iglesia es un hospital, Dios es el único médico y todos  los demás somos enfermos. Quienes se sienten mejores que otros, más santos, por lo que hacen o dejan de hacer, son “sepulcros blanqueados”.

Mejor ser María Magdalena, o un pecador publicano, que un fariseo (Lucas 18:11).

Lo que diferencia a un cristiano verdadero de uno que no lo es, es su capacidad de amar como Jesús ama, y tratar a los demás con humildad, cariño y respeto, tal como Él nos enseñó. Todos somos pecadores y todos estamos aprendiendo de Jesús. La transformación verdadera comienza en el interior.

La verdadera religión es amar como Jesús ama.

Esther Azón

Acerca Esther Azón

Productora de TV & Redactora. Avalada por su cocina, redactora hasta en vacaciones, jugadora serial de Catán, esposa y madre.

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